rinoceronte


Cosas que pasan cuando se es mamá

Me estoy bañando -en un rapto de liberación acordada- y aparece un rinoceronte de hule asomándose tras la cortina. Bruno me lo trajo para que no me bañe sola. Eso me dice, y se va.


Las mañanas son todas bastante parecidas. Amanecemos perezosos y tardíos y demoramos en ponernos en el día. Mimoseamos, miramos alguna peli, desayunamos. A veces en la cama, atrapados, bajo el acolchado, jugando a las escondidas.


Criar a un niño es algo maravilloso, increíble, indescriptible. Te forma tanto, te llena tanto. La cabeza viaja por miles de rincones de la psiquis y nos vamos dejando de ser hijos. Descubrimos un nuevo punto de vista, otra perspectiva.
Al principio me costó mucho, sufrí un poco por mi híper autoexigencia. No hay manuales que detallen qué hacer cuando se es mamá. Hay que manejarse, improvisar.

Tenía terror de parecerme a cualquiera de mis dos padres. Y con ellos todo cambió. Ya dejé de culparlos de todo, de mí. Ahora logro comprender algunas cosas y ser un poco menos tirana. Nadie tiene los padres que quiere tener. Algunas familias tienen más que otras de convención, familias de postal, jaja. No quiere decir que haya logrado terminar con el proceso de aceptación de mis padres. Es un asunto muy complejo, sobre todo en esa parte en que los egos están tan mezclados. Todo en el fondo es un problema de ego. Pero cuando te toca ser madre tenés que dejar de ser hija… y no es un tema menor.

Había planeado todo para quedarme en casa lo más posible. Salir pariendo… o algo así. Llegó el día y la vida sucede como quiere -o como las circunstancias le permiten- cuando tuve la primera contracción. Esa punzada indescriptible, diferente, nueva, única. No sé si me asusté. Todo mi embarazo se dio tan naturalmente, que aunque era todo nuevo, tenía esa tranquilidad de lo que se va dando con naturaleza. Empecé a respirar profundo, tan cerca de mí y de mi cuerpo tal vez como nunca.
Estábamos con Manu en casa. Sonó el timbre y era Beatriz (mi suegra). Traía unas cosas para mí, para el sanatorio, pantuflas, camisones, algo de eso. Yo estaba acostada (ya estaba taaaaaaaan gorda que no podía estar mucho parada). Hacía un rato había tomado un baño de inmersión fantástico. Sumergida en el agua tibia parecía que me hacía más liviana. Al saber de las contracciones Beatriz pensó que había que llamar al semm y logró que Manu también pensara lo mismo. Yo no quería, pensaba que había que esperar… pero no pude imponerme. Era obvio que si venía la ambulancia me iban a llevar, porque estaba a término. 25 de octubre de 2006. Tenía fecha para el 2, el día del cumpleaños de mi abuelo Perillán.
Y así fue.

El ingreso hospitalario fue, en todos los aspectos, desagradable. De todos modos, yo estaba feliz en una burbuja imposible de pinchar y era como que poco me importaba nada. Me tocaba la panza y respiraba profundo.
La doctora que me recibió me rompió la bolsa, así nomás, sin preguntar, a lo bestia. Así ya te dejamos ingresada me dijo, o algo así. Subimos a la habitación, que por suerte había convencido a mi papá para que me regalara la privada y comenzó el trabajo forzoso de parto, seguramente bastantes horas antes de lo necesario.
Me acuerdo que todo el tiempo querían darme inyecciones, calmantes, dilatadores, qué sé yo cuanta cosa. Yo aclaré que quería tener parto normal.
Seguí respirando hasta el agotamiento y luego más y más y cada vez más contracciones. Y en ese terremoto corporal, sudando entera, de repente, supe que era el momento. Me subieron en una camilla y corriendo a la sala de partos. Ahí sucedieron muchos milagros. De pronto me transformé en mujer elefante. Del mayor agotamiento al máximo vigor. Increíble. Parecía el efecto de una droga. Pujando, como una leona. Me sentía animales.
Y llegó y ahí todo rosa, todo dorado, amarillo, luminoso. Solo quería tener sobre mi pecho a Bruno. Me creció el corazón. Sublimé.

Y ahí todo comenzó de nuevo. Fue el comienzo. La nueva era.

Primero la teta. Ese lazo de oro con tu bebé. Su fragilidad. Su respiración. Cada partecita. Y la primera vez de cada pequeñísima cosa. Gestos, balbuceos, sonidos. Muchas veces me sorprendí chequeando si respiraba… un pánico momentáneo sorprendente. La fragilidad, tanta fragilidad.

También la caquita se transformó en tema central de conversación, si la hizo, cómo fue, cuántas veces. Si tiene gases, o no. Intentando descifrar ese atadito de mimos, de pura demanda de afecto, de piel, de calor.